Unhandled Exception
Érase una vez un hombre obsesionado con la informática y todo lo referente a los ordenadores. Este hombre no tenía vida, salvo la que su trabajo le daba. Llegó un momento en que se trasladó a vivir a la oficina, para poder así pasar más tiempo con su ordenador y sus programas. Así era feliz. Tan feliz que dejó de preocuparse por las cosas mundanas y no era capaz de apartar su mente de los intrincados códigos de los programas que creaba y mantenía.
Tan absorto realizaba su trabajo (y por lo tanto su vida), que una noche de tormentas y un diluvio digno del mismísimo Noé, no reparó en que la ventana del despacho se encontraba abierta, y que debido a eso toda la habitación se había mojado. El aire corría de dentro a fuera y viceversa, susurrando nombres imposibles que sonaban a instrucciones de ensamblador en los oídos de nuestro amigo. En un momento, un rayo se coló por la ventana y lo dejó frito, con los dedos aun sobre su teclado, y con una función a medio terminar.
Lo que ocurrió a continuación es algo asombroso e inexplicable. Nuestro protagonista sabía que si moría no podría seguir trabajando y jugando con su ordenador; que habría escrito ya las últimas líneas de código de su vida. Y es que todo profesional del sector sabe que a los dioses celestiales, desde el primero al último, no les hace ni puta gracia la informática. Bueno, a Ares, también conocido como Marte, o últimamente encarnado en el presidente del mundo libre, George W. Bush, sí que le gustan los ordenadores (ya sabéis, Guerra Electrónica, Satélites Espías, Control Computerizado de Misiles…), aunque por lo general, los informáticos preferían ir al Infierno antes que al Cielo, porque como he explicado, en el Cielo no hay ordenadores. Pero claro, nuestro amigo sabía con certeza que si terminaba en el Infierno, acabaría programando aplicaciones a bajo nivel con COBOL, por lo que decidió que él se quedaba en su sitio, o al menos en lo más cercano a él que pudiese encontrar.
Y entonces ocurrió el milagro. De una forma totalmente incomprensible, mientras su espíritu se debatía a tirones entre ir “hacia Arriba” o “hacia Abajo”, empezó a sentir el flujo de bits que se movía de un lado a otro por la red local, de su ordenador al servidor, del servidor al ordenador de la secretaría, y así por toda la oficina. Con un último esfuerzo consciente, soportó el empuje que lo lanzaba “hacia Arriba” (o “hacia Abajo”; nunca tuvo claro a dónde iría después de morirse) y se precipitó hacia el interior de su computadora.
En cuestión de milisegundos, su esencia última fue convertida en información lógica, cual flujo de datos atravesando un conversor analógico-digital, hasta que perdió la capacidad que los seres humanos denominamos “consciencia”. De un lado a otro, enviado a sectores desconocidos del disco duro, de ahí a la memoria caché del microprocesador (un lugar realmente interesante, todo hay que decirlo) y por último, a un lugar inimaginable, el sector de la memoria donde se aloja el núcleo de un famoso Sistema Operativo de cuyo nombre no quiero acordarme. Ahí reposó durante un tiempo indefinido (realmente una semana; no podéis imaginar lo difícil que es tener noción del tiempo cuando estás formado por ceros y unos que se mueven de un lado a otro, y además por lugares tan pequeños y estrechos).
Nadie fue a su funeral salvo sus compañeros de trabajo; no tenía familia ni amigos fuera de la empresa; de hecho, solo conocía medianamente bien a aquellos que se sentaban en la sala adyacente a la de Desarrollo, y aun así, no los trataba con demasiado respeto, pues para él eran simples “operadoras telefónicas” que no sabían ni qué era un nibble.
A la semana siguiente, un nuevo empleado entró a ocupar su puesto, y fue colocado en el ordenador que antes él utilizaba (bueno, digamos que aún utilizaba). Este nuevo trabajador era un chico recién titulado, y aunque hábil, tenía cierta dificultad para hacer ver a los demás su valía. Y la verdad es que lo que le empezó a ocurrir con su nuevo ordenador no lo iba a ayudar mucho. Cada poco tiempo, con mucha más frecuencia de la habitual en el sistema operativo que corría en aquella máquina, decenas de errores se disparaban por doquier. Si el novato abría un directorio, saltaba el error; si quería acceder al servidor de correo electrónico, saltaba el error. Incluso si apagaba la máquina… saltaba el error. Estaba claro que no era normal, y el joven empleado empezó a pensar en su inutilidad total, porque era la persona a la que más fallos por segundo le daba el susodicho sistema operativo de todas las que conocía, y eso era decir algo muy grave para un informático. Intentó arreglarlo, pero no había forma de acallar los eternos pantallazos azules y los mensajes raros con los que el sistema lo obsequiaba cada ciclo de reloj del microprocesador. Llegó a no poder trabajar, y si no entregaba su módulo del proyecto, seguro que iba a la calle.
Mientras tanto, algo se movía dentro del núcleo del sistema; algo que estaba aprendiendo a evocar los conocidos fallos y pantallazos de error para intentar comunicarse con el exterior. Era en vano. “Estúpido novato”, habría sido la traducción de uno de los mensajes de error que se repetía con mayor frecuencia. Esa cosa intentaba aprender a comunicarse de una forma más directa, quizás con un cuadro de diálogo o un mensaje de correo electrónico interno, pero no llevaba tanto tiempo allí, y no entendía muy bien el funcionamiento del núcleo del sistema. “Si hubiera prestado más atención a aquellas estúpidas clases sobre este tipo de arquitectura en la universidad…”, podría ser otro de los mensajes que corrían de un lado para otro. Y así siguió el asunto durante al menos otra semana más.
Llegó un punto en que el joven programador no sabía qué hacer: si no conseguía “dominar” su máquina, no podría entregar sus tareas a tiempo, y entonces… Tomó una decisión. Pediría al Jefe de Desarrollo, que hacía las veces de Administrador de Sistemas en la empresa, si podía reinstalar el sistema operativo, o mejor aún, si podían instalar una versión más sólida del mismo. El Administrador le dio permiso y le alargó la copia de seguridad que iba a necesitar. Desde el sector del núcleo, esa consciencia binaria que intentaba comunicarse con el técnico novato, se estremecía, creando nuevos mensajes de error, pero sin ser capaz de mostrar un simple cuadro de diálogo con un mensaje más claro. Notó una sensación de vacío cuando el joven reinició en modo consola, con el consabido disco de inicio. Entonces reconoció su error; si cambiaba una secuencia de bytes, pasándola a exceso menos uno, sería capaz de mostrar en su mensaje de error la información que necesitaba para advertir al novato que estaba allí encerrado. Fue demasiado tarde. La ultima órden que pasó a su lado, hacia el intérprete de comandos, era una sentencia de muerte: c:\>format c:/u. Todo se volvió negro para él (si una singular conciencia creada a base de la conversión espiritual-digital puede distinguir colores, claro) y ahí terminó todo. Mientras su “forma” era borrada escrupulosamente, se alegró: “Al menos no terminaré programando en COBOL a bajo nivel…”. Por supuesto, se equivocó.
Maravilloso. Es muy, muy bueno. Me ha encantado. Muy friki, pero muy divertido. ¡Enhorabuena!
Con críticas así, da gusto jejeje.
Saludos y gracias!