Más allá de las estrellas hay… más estrellas
Galaxia NGC 3628 vista de perfil, en la Constelación de Leo, a 35 MILLONES de años luz. De múltiples semejanzas con nuestra Vía Láctea aunque, como se observa en la imagen, la NGC 3628 se difumina en sus extremos. Cosas de la gravedad y otras galaxias cercanas, dicen.
La imagen pertenece al trabajo del “astrofotógrafo” Ken Crawford, cuyo trabajo podéis admirar aquí.
Una imagen espectacular, sin duda. Miles de millones de estrellas de toda clase, cada una con sus posibles planetas orbitando a su alrededor, todas ellas probables crisoles de vida.
Y probablemente, en alguna de ellas, algún representante de una forma de vida inteligente estará admirando la imagen de una vista lateral de nuestra galaxia y pensando: “allí hay algo, seguro”.
No puedo demostrarlo, pero no me cabe ninguna duda.
¿Qué es Planeta Cero?
Planeta Cero es un proyecto en el que me he embarcado recientemente. Se trata de mi primera incursión en el mundo de la novela, después de amontonar una importante cantidad de cuentos y relatos breves (inéditos). Es una historia de ciencia ficción, pero también es muchas más cosas. Anhelos, venganza, descubrimientos y muchas otras pasiones. Por supuesto, tiene sus dosis de aventura y naves espaciales, aunque no toman el suficiente protagonismo como para que solo pueda ser leída y disfrutada por aficionados al género.
Siguiendo el exitoso ejemplo de Manel Loureiro (Apocalipsis Z), he decidido utilizar un blog como forma de publicación. Se trata, pues, de un proyecto de novela 2.0. Con esto no quiero decir que no me gustaría ver publicado Planeta Cero como un libro en su formato más tradicional, pero eso, supongo, llegará con el tiempo (y con algo de suerte).
Por ahora considero que es la mejor forma de hacerlo. Espero no equivocarme.
Sin más que añadir por ahora, me despido. Nos encontraremos entre las estrellas.
Antonio Prieto.
El aullar del viento bajo la ventana
“El gélido viento se colaba en el interior de la cueva, acompañado de un sonido fantasmagórico que no solo helaba sus cuerpos, sino también sus corazones. Los niños empezaron a llorar, las mujeres temblaban. Todos miraron al venerable sacerdote. Éste hizo una señal. Rápidamente encendieron una hoguera, cuyas llamas alejarían los malos presagios y los peligrosos espíritus que tanto temían; sí, el fuego los protegería… al menos por aquella noche.”
Esto habrá ocurrido en incontables ocasiones, desde que el hombre descubrió como dominar el fuego y mientras vivíamos en cavernas, tiendas de piel y en general deámbulabamos por la tierra como tribus nómadas que adoraban a seres sobrenaturales que no comprendíamos: espíritus de la naturaleza.
Hoy el viento se filtra por los resquicios de las ventanas (supuestamente casi herméticas) y genera un peculiar sonido. Un aullido que, transformado por la imaginación, habla de tiempos pretéritos, cuando los hombres de la prehistoria le rendían pleitesía y le temían. La veneración y el respeto a los espíritus, siendo quizá una de las primeras creencias que el ser humano “inventó”, puede ser la expresión más pura de amor y a la vez temor por la naturaleza. Luego llegaron la ciencia y el conocimiento, y esa magia se perdió. Pero aún en las frías noches en las que el viento azota los cristales y persianas de nuestros modernos cobijos de hormigon, cristal y fibra de plástico, algunos todavía imaginamos cómo podría haber sido. Y sonreímos al escuchar el aullar del viento bajo la ventana.
Controla el consumo de batería de tu Android
Todos sabemos ya que Android es un sistema potente, con multitud de funciones y una capacidad de integración con la web, redes sociales, mensajería, etc. apabullante. También comienza a despuntar con alguno de sus mejores juegos, con capacidades y gráficos impresionantes ya sea en 2D o incluso en 3D.
Pero todo eso conlleva un coste. Y es el consumo de batería. La gran némesis de los teléfonos inteligentes hoy en día. El caballo de batalla para la próxima generación de dispositivos.
De nada sirve un teléfono capaz de estar completamente conectado a todos los servicios que podamos imaginar; capaz de ejecutar aplicaciones multimedia de todo tipo y juegos visualmente deslumbrantes, si para eso hay que conectarlo a la corriente cada 4 horas para cargar la maltrecha batería.
Mientras los ingenieros de las principales compañías se devanan los sesos mejorando el diseño y rendimiento de las baterías, u optimizando el rendimiento de sus sistemas operativos y aplicaciones para que la batería de los dispositivos tenga una duración más prolongada y útil, disponemos de algunos medios para intentar prolongar la vida de nuestro teléfono antes de pasar por la recarga.
Por supuesto, hay formas manuales de hacerlo, teniendo el teléfono desconectado de la red de datos, ajustando el brillo de la pantalla al mínimo, y algunas otras más. Pero en este artículo voy a tratar sobre dos programas que se encargan de dichas operaciones, haciéndolo de manera automática.
Se trata de BatteryFu y JuiceDefender.
BATTERYFU
BatteryFu es una aplicación gratuita que actúa como servicio (aunque realmente no lo es, de ahí su bajo consumo de recursos). Su interfaz solo sirve para activar o desactivar las opciones de configuración, y lanzar o detener la aplicación.
La funcionalidad de BatteryFu se centra en la activación automática de las conexiones de datos y sincronización del dispositivo. Una vez iniciado, se puede configurar para que active la conexión de datos y/o la conexión WiFi cada cierto tiempo (preestablecidos desde 15 minutos hasta 6 o 12 horas). Cada vez que BatteryFu active las conexiones, se mantendrá operativa durante un lapso de tiempo también preestablecido (entre 1 y 5 minutos). Es importante que ajustemos el tiempo correctamente, ya que según el tráfico de datos necesario para realizar la sincronización de nuestras aplicaciones, habrá que seleccionar un tiempo u otro, pues de lo contrario no se descargarán todos los datos o se sincronizarán completamente nuestras aplicaciones.
Por último, dispone de un modo nocturno, en el que se establece una hora a partir de la cual la aplicación deja de funcionar (es decir, de controlar las conexiones de datos), y una hora en la que termina dicho estado y vuelve a funcionar normalmente.
Después de varias semanas utilizando BatteryFu, puedo corroborar que efectivamente reduce el consumo de batería de manera notable (multiplicándolo por enteros). Por supuesto, solo se encarga de reducir el consumo con respecto al uso de conexiones de datos. Si quieres controlar el consumo de batería de otras actividades de tu terminal, necesitarás una aplicación más completa.
JUICE DEFENDER
Comenzaré diciendo que Juice Defender es una aplicación mucho más completa que BatteryFu.Y eso es su mejor baza, pero también uno de sus
principales “defectos”. Su configuración, sus infinitas opciones y modos de trabajo, hacen que algunos usuarios puedan sentirse abrumados. Al contrario que con BatteryFu, con Juice Defender podremos configurar más aspectos además de las conexiones y sincronizaciones automáticas de nuestro terminal. Brillo de la pantalla, acceso a servicios de localización, y otros aspectos y funcionalidades de nuestro Android que realizan un uso intensivo de la batería, podrán ser automatizados con Juice Defender. No obstante, la versión gratuita carece de muchas de esas funcionalidades, por lo que al comparar con BatteryFu, la diferencia no es tan grande.
MI CONCLUSION
Me quedo con BatteryFu. Primero porque es completamente gratuita. Segundo por que es sencilla de usar y configurar. Y tercero porque aunque carece de posibilidades de configuración comparada con Juice Defender, se encarga perfectamente de controlar el tiempo de las conexiones de datos. Y es ahí donde realmente se ahorra batería.
Clímax
Si eres asiduo lector, o bien eres escritor (de cualquier nivel), habrás oído hablar del clímax. Si me preguntáis a mi, os diría que podría ser aquél punto o momento de una historia en el que se decide el destino de la misma y sus protagonistas y trasfondo. El momento álgido, por así decirlo.
Según la Wikipedia: CLÍMAX.
Esto viene a que recientemente he comenzado a escribir una, en principio, poco ambiciosa novela corta. Utilizando un género -la ciencia ficción- en el que creo que me muevo bien y que es el más adecuado para mi estilo y mis aspiraciones, me he dado cuenta de lo difícil que es escribir algo más extenso que un relato corto o cuento.
En mis anteriores intentos de escribir una novela, me estrellé porque no realicé una planificación previa. Conocía la historia que quería contar, tenía definidos los personajes y situaciones, pero no tenía la más remota idea de cómo contarla. Digamos que no sabía cómo conectar con dicha historia. En ese momento, me di cuenta de que se necesita mucho más que imaginación para crear algo que se extienda más allá de un puñado de páginas.
Con esto no quiero desprestigiar ni menospreciar el arte de escribir buenas historias cortas. De hecho, considero que es realmente complicado contar una BUENA historia en pocas palabras. Pero he comprobado que con una dosis adecuada de imaginación y un poco de técnica narrativa, se puede construir un estupendo relato corto o cuento. En cambio, para escribir algo más extenso -por no llamarlo ambicioso- es necesaria la planificación.
Así que aquí estoy, realizando una planificación para mi actual intento de escribir una novela. Y me he centrado en lo que creo que puede ser el detalle más importante de una buena historia: el clímax. Veamos un ejemplo magistral de (uno de los muchos) clímax de la saga de Hyperion/Endymion.
En La Caída de Hyperion, cuando los peregrinos consiguen llegar a las Tumbas del Tiempo ( justo en el momento en que el Alcaudón es liberado) y deben, cada uno a su forma, enfrentarse a él, estamos hablando de un clímax muy poderoso. No solo afecta de una manera arrolladora a la vida de cada uno de los peregrinos, sino que al mismo tiempo, está afectando a todo el universo que los personajes conocen.
En ese mismo libro, cuando la Funcionaria Ejecutiva Máxima Meina Gladstone ordena atacar la Red de Teleyectores, pues entiende que es el lugar dónde se esconden las IAs del Tecnonúcleo (que iban a destruir a la humanidad como civilización), estamos hablando de un clímax a escala universal. Después de dicho ataque, el trasfondo completo cambia (la Caída).
Y podría seguir dando ejemplos dentro de esta saga, considerada por muchos como una obra maestra de la ciencia-ficción.
Por supuesto, no aspiro a conseguir un clímax de tan elevado nivel. Eso está al alcance de muy pocos escritores y sería demasiado pretencioso por mi parte. Pero creo que con un poco de planificación y mucha imaginación se puede conseguir un efecto interesante.
En definitiva, que tengo una lista de posibles clímax y desenlaces que tengo que desarrollar para ver cuál sería el más adecuado, aunque no entraré en detalles aquí para evitar estropear la sorpresa en caso de que alguien se planteara leer mi novela (todo caso que la consiga terminar con éxito, que eso es otro asunto).
Saludos.
El Show de Pepe Reina
Voy a replicar aquí el divertido monólogo/presentación de Pepe Reina en la celebración del Mundial en Madrid (desde as.com). La verdad es que no tiene desperdicio. Ahí va:
Con el 1, el rey nacido en 1981. Es un santo de Móstoles parando el penalti a Paraguay en cuartos y paró todo por arriba contra Alemania. Le saca una mano a Robben en la final y le saca un pie a Robben en la final… ¡Iker Casillas!
Con el 2, persigue a los famosos, se mata por un pin, le canta la boca… ¡Raúl Albiol!
Con el 3, el amigo de la farándula, el dandy de España, el central del mundo… ¡Gerard Piqué!
El 4, 55 partidos imbatido, no lo hace nadie, el padre… ¡Carlos Marchena!
Con el 5, la cabeza de España, nos metió en la final con la cabeza y su pelo de Tarzán de África. El hombre que come tibias… ¡Carlos Puyol!
Con el 6, sweet Iniesta. El hombre que escribió el guión de la final, el hombre que toda España ama… ¡Andrés Iniesta!
Con el 7, el gol de España tiene un nombre… ¡El guaje David Villa!
El 8, la batuta, por aquí, por allí, por aquí, ahora doy, ahora no doy… ¡Xavi Hernández!
El 9, todo empezó hace dos años y trece días marcando el gol a Alemania, nos hizo soñar, nos hizo creer y por eso hemos ganado esta copa… ¡Fernando Torres!
Con el 10, él no quiere que le diga empanado, pero vamos a ver Cesc, ven aquí. Con el diez, tiene un corazón… El futuro del Barça, el futuro de España… ¡Cesc Fàbregas!
Con el 11, el dueño de la banda izquierda, el incombustible, el fenómeno, es feo de cojones… ¡Joan Capdevila!
Con el 12, la pantera de Hospitalet, el genio, el carácter. Ven aquí, ven. Decían que nos llevábamos mal, ¿nos llevamos mal? ¡Pues toma! ¡Victor Valdés!
El 13, el tobillo mágico, el amigo del amago, ¡Juanín Mata!
El 14, el pulmón. Mira, heridas de guerra por su país, por España… ¡Xabi Alonso!
Con el 15, el pulmón de la banda derecha. Sube y como dice el míster es un poco nervioso a la hora de centrar, pero lo hace muy bien. El indio de Camas… ¡Sergio Ramos!
Con el 16, para mí el hombre de Mundial, el quitanieves de Badía, el pulpo de Badía, los tentáculos de España, el hombre que quita, da, juega y hace dudar… ¡Sergio Busquets!
Con el 17, le llamamos el espartano. ¿Por qué? (Arbeloa: Espartanos ¡Cual es vuestro oficio? Au Au Au). ¡Álvaro Arbeloa!
Con 18, va al baño y va al sprint, va comer y va al sprint, va a la cama y en la cama corre, el autentico e inigualable… ¡Pedrito!
Con el 19, el camión de La Roja, el que tiró de nosotros contra Portugal, los centrales de Portugal parecían bolos. Se los cargo a los tres, a los cuatro, o a los cinco. El camión de La Roja ¡Fernando Llorente!
Con el 20, desde los altos hornos de Bilbao, el hombre que roba más balones del planeta, la fuerza, la garra, el músculo, la entrega de España… ¡Javi Martínez!
Con el 21, desde Canarias, la sambita, la guasa y su arte. Por aquí, por allí, el amago. Ahora sí, ahora no, te la meto, cógelo, el poli. Mide 1,40… ¡David Silva!
Con el 22, tenemos un problema, se ha escapado del manicomio y se ha escapado corriendo porque corre mucho. El pajarillo loco, el nervio de la Selección… ¡Jesús Navas!
Con el 23, con un dolor de cabeza que no puedo conmigo, este humilde speaker que esta con vosotros de corazón.
Y como no puede ser de otra manera, la bondad en persona. El hombre correcto, no hay palabras vacías. Nos ha traído hasta aquí y nos ha hecho ganar la que queríamos, la amarilla, con la que soñábamos… ¡Don Vicente del Bosque!
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Lo dicho. Espectacular “El Show de Pepe Reina”…
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Érase una vez un hombre obsesionado con la informática y todo lo referente a los ordenadores. Este hombre no tenía vida, salvo la que su trabajo le daba. Llegó un momento en que se trasladó a vivir a la oficina, para poder así pasar más tiempo con su ordenador y sus programas. Así era feliz. Tan feliz que dejó de preocuparse por las cosas mundanas y no era capaz de apartar su mente de los intrincados códigos de los programas que creaba y mantenía.
Tan absorto realizaba su trabajo (y por lo tanto su vida), que una noche de tormentas y un diluvio digno del mismísimo Noé, no reparó en que la ventana del despacho se encontraba abierta, y que debido a eso toda la habitación se había mojado. El aire corría de dentro a fuera y viceversa, susurrando nombres imposibles que sonaban a instrucciones de ensamblador en los oídos de nuestro amigo. En un momento, un rayo se coló por la ventana y lo dejó frito, con los dedos aun sobre su teclado, y con una función a medio terminar.
Lo que ocurrió a continuación es algo asombroso e inexplicable. Nuestro protagonista sabía que si moría no podría seguir trabajando y jugando con su ordenador; que habría escrito ya las últimas líneas de código de su vida. Y es que todo profesional del sector sabe que a los dioses celestiales, desde el primero al último, no les hace ni puta gracia la informática. Bueno, a Ares, también conocido como Marte, o últimamente encarnado en el presidente del mundo libre, George W. Bush, sí que le gustan los ordenadores (ya sabéis, Guerra Electrónica, Satélites Espías, Control Computerizado de Misiles…), aunque por lo general, los informáticos preferían ir al Infierno antes que al Cielo, porque como he explicado, en el Cielo no hay ordenadores. Pero claro, nuestro amigo sabía con certeza que si terminaba en el Infierno, acabaría programando aplicaciones a bajo nivel con COBOL, por lo que decidió que él se quedaba en su sitio, o al menos en lo más cercano a él que pudiese encontrar.
Y entonces ocurrió el milagro. De una forma totalmente incomprensible, mientras su espíritu se debatía a tirones entre ir “hacia Arriba” o “hacia Abajo”, empezó a sentir el flujo de bits que se movía de un lado a otro por la red local, de su ordenador al servidor, del servidor al ordenador de la secretaría, y así por toda la oficina. Con un último esfuerzo consciente, soportó el empuje que lo lanzaba “hacia Arriba” (o “hacia Abajo”; nunca tuvo claro a dónde iría después de morirse) y se precipitó hacia el interior de su computadora.
En cuestión de milisegundos, su esencia última fue convertida en información lógica, cual flujo de datos atravesando un conversor analógico-digital, hasta que perdió la capacidad que los seres humanos denominamos “consciencia”. De un lado a otro, enviado a sectores desconocidos del disco duro, de ahí a la memoria caché del microprocesador (un lugar realmente interesante, todo hay que decirlo) y por último, a un lugar inimaginable, el sector de la memoria donde se aloja el núcleo de un famoso Sistema Operativo de cuyo nombre no quiero acordarme. Ahí reposó durante un tiempo indefinido (realmente una semana; no podéis imaginar lo difícil que es tener noción del tiempo cuando estás formado por ceros y unos que se mueven de un lado a otro, y además por lugares tan pequeños y estrechos).
Nadie fue a su funeral salvo sus compañeros de trabajo; no tenía familia ni amigos fuera de la empresa; de hecho, solo conocía medianamente bien a aquellos que se sentaban en la sala adyacente a la de Desarrollo, y aun así, no los trataba con demasiado respeto, pues para él eran simples “operadoras telefónicas” que no sabían ni qué era un nibble.
A la semana siguiente, un nuevo empleado entró a ocupar su puesto, y fue colocado en el ordenador que antes él utilizaba (bueno, digamos que aún utilizaba). Este nuevo trabajador era un chico recién titulado, y aunque hábil, tenía cierta dificultad para hacer ver a los demás su valía. Y la verdad es que lo que le empezó a ocurrir con su nuevo ordenador no lo iba a ayudar mucho. Cada poco tiempo, con mucha más frecuencia de la habitual en el sistema operativo que corría en aquella máquina, decenas de errores se disparaban por doquier. Si el novato abría un directorio, saltaba el error; si quería acceder al servidor de correo electrónico, saltaba el error. Incluso si apagaba la máquina… saltaba el error. Estaba claro que no era normal, y el joven empleado empezó a pensar en su inutilidad total, porque era la persona a la que más fallos por segundo le daba el susodicho sistema operativo de todas las que conocía, y eso era decir algo muy grave para un informático. Intentó arreglarlo, pero no había forma de acallar los eternos pantallazos azules y los mensajes raros con los que el sistema lo obsequiaba cada ciclo de reloj del microprocesador. Llegó a no poder trabajar, y si no entregaba su módulo del proyecto, seguro que iba a la calle.
Mientras tanto, algo se movía dentro del núcleo del sistema; algo que estaba aprendiendo a evocar los conocidos fallos y pantallazos de error para intentar comunicarse con el exterior. Era en vano. “Estúpido novato”, habría sido la traducción de uno de los mensajes de error que se repetía con mayor frecuencia. Esa cosa intentaba aprender a comunicarse de una forma más directa, quizás con un cuadro de diálogo o un mensaje de correo electrónico interno, pero no llevaba tanto tiempo allí, y no entendía muy bien el funcionamiento del núcleo del sistema. “Si hubiera prestado más atención a aquellas estúpidas clases sobre este tipo de arquitectura en la universidad…”, podría ser otro de los mensajes que corrían de un lado para otro. Y así siguió el asunto durante al menos otra semana más.
Llegó un punto en que el joven programador no sabía qué hacer: si no conseguía “dominar” su máquina, no podría entregar sus tareas a tiempo, y entonces… Tomó una decisión. Pediría al Jefe de Desarrollo, que hacía las veces de Administrador de Sistemas en la empresa, si podía reinstalar el sistema operativo, o mejor aún, si podían instalar una versión más sólida del mismo. El Administrador le dio permiso y le alargó la copia de seguridad que iba a necesitar. Desde el sector del núcleo, esa consciencia binaria que intentaba comunicarse con el técnico novato, se estremecía, creando nuevos mensajes de error, pero sin ser capaz de mostrar un simple cuadro de diálogo con un mensaje más claro. Notó una sensación de vacío cuando el joven reinició en modo consola, con el consabido disco de inicio. Entonces reconoció su error; si cambiaba una secuencia de bytes, pasándola a exceso menos uno, sería capaz de mostrar en su mensaje de error la información que necesitaba para advertir al novato que estaba allí encerrado. Fue demasiado tarde. La ultima órden que pasó a su lado, hacia el intérprete de comandos, era una sentencia de muerte: c:\>format c:/u. Todo se volvió negro para él (si una singular conciencia creada a base de la conversión espiritual-digital puede distinguir colores, claro) y ahí terminó todo. Mientras su “forma” era borrada escrupulosamente, se alegró: “Al menos no terminaré programando en COBOL a bajo nivel…”. Por supuesto, se equivocó.
Mirar en el espejo del pasado
Extracto de “Discursos” de Cicerón, hablando sobre la política y la crisis financiera de Roma:
“El presupuesto debe ser equilibrado, el Tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada, y la asistencia a los países foráneos debe ser cercenada para que nuestro país no vaya a la bancarrota. La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa de la asistencia del Estado”
Marco Tulio Cicerón. año 55 a.C.
No se dónde lo he leído, pero no puede ser más acertado. Hace DOS MIL años ya sabían más de economía y política que nosotros. Y no digo que esté de acuerdo con lo que dice, solo que ya lo dijo en su momento.
Micro-relato recursivo
Y al mirar al espejo, vi alguien detrás de mí; intentaba apuñalarme. Era yo.